miércoles, 26 de noviembre de 2008

Era maestra de puntero muy severa, pero enseñaba bien en una escuela a la que concurrían chicos de clase media para abajo no muy bien dotados.

Nuestra escuelita estaba ubicada en la periferia del Gran Bs. As. Su frente estaba construido con ladrillos cubiertos, en gran parte, con gruesos revoques. Trabajo realizado seguramente, por algún albañil de cuarta. Su aspecto me recuerda al Muro de los Lamentos. Sus aulas, eran la continuación de esa lamentable entrada. Las ventanas, el cielorraso, los bancos de madera, delataban el abandono. Los cortaplumas de los escolares, habían encontrado en los bancos, un lienzo para dejar sus obras.
Los alumnos proveníamos de hogares muy humildes. La mayoría no contábamos con los libros ni cuadernos indispensables.
Hablemos de la maestra, su nombre, Dulcinea Sanchez. Manejaba el puntero con tanta habilidad, que en nada envidiaba al mismo D·artagnan. Sus lugares de preferencia eran las nalgas, y las puntas de los dedos. Doña Dulcinea, como la llamábamos sus alumnos, no tenía nada de dulce. Sus ojos, enmarcados por profundas ojeras, tenían un color negro azabache. Su mirada severa, lanzaba como destellos de dardos encendidos, que nos atravesaban. Su mentón puntiagudo, semejaba una ballesta. Tal era como la veían nuestros ojos, influenciados por el miedo que nos inspiraba.
Separando los tantos, debo reconocer su constante vocación , en seguir explicándonos, las veces que hicieran falta, aquellos temas que no entendíamos. Su amor por la enseñanza se reflejaba, en la paciencia que mostraba, al repetir lo que no comprendíamos. Hoy, pasadas varias décadas de ese recuerdo, dimensiono y valoro, ese trabajo tan duro que es, impartir educación a los niños.

GETZELEVICH LUIS 28-06-08

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