miércoles, 26 de noviembre de 2008

La Colimba

Fue por el año 1950. A Carlos, en el sorteo le tocó el 911. Su destino, según constaba en la citación militar, era la ciudad de Entre Ríos. Su función específica, zapador pontonero. Buscó alguna cuña para quedarse en la capital. Su hermano consiguió una recomendación para los cuarteles de Palermo. Se presentó a un suboficial. Este le pidió su DNI. Al rato volvió y preguntó. Su apellido es Resnik¿. Sí, dijo Carlos. Lamento decirle que no se le acepta, contestó el suboficial. Carlos salió del cuartel muy deprimido. Primero, por haber sentido la segregación en carne propia, luego se imaginó colocando pilotes para levantar puentes, con el barro tapándole las rodillas.
Sin embargo, el destino le tenía preparada una sorpresa. Acostumbraba de vez en cuando ir a jugar al foot-ball al Parque Centenario. Uno de los que participaba en esos picados era sargento.
Cuando se enteró que Carlos tenía que hacer el servicio militar, le dijo que podía acomodarlo en una oficina del Ministerio de Guerra, como dactilógrafo. Primero tuvo que cumplir con la orden cerrada. El cuartel se encontraba por Saavedra. Allí, debía aprender a marchar y reconocer por sus jinetas el grado de sus superiores. Le tocó un grupo de alrededor de 20 colimbas. El que los instruía era un suboficial que tenía la cara de un bull-dog. Mientras les hablaba notó que un soldado bostezaba. De un ladrido lo hizo pasar al frente, y le ordenó que hiciera , salto de rana, cuerpo a tierra, y carrera mar, durante 20 minutos. Al día siguiente, el mismo sargento les seguía explicando cuales eran sus obligaciones. Y…¡Oh! desgracia, sorprendió al soldado Díaz, conversando. Enfurecido lo mandó a pasar 8 días en el calabozo. Cuando volvió para reintegrarse al grupo, le contaron que el sargento había sido exonerado. Un superior se enteró que enviaba todos los días a limpiar su casa a un soldado. El soldado Díaz empezó a cantar la Oda a la Alegría.

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